Los años salvajes de la democracia

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

¿Y si la democracia estuviera viviendo sus años salvajes? Cualquiera que tenga cerca a un adolescente conoce la necesidad de transgredir las reglas, de sabotear la autoridad, de comprobar si los límites son flexibles o tan rigurosos como aparentan. Poner en juego la vida, la experiencia, las normas, suele irrumpir como una obligación estacional entre los adolescentes. «¿Por qué haces esto, hijo?», se preguntan los padres, incapaces de entender que todo su cariño, su prudencia, sus cuidados parezcan no tener peso ante el vértigo adolescente al entrar en los años salvajes. A veces, los accidentes suceden. En otras ocasiones, se limitan a acotarse en una etapa febril, más parecida a un sarampión que a otra enfermedad más grave. Pues quizá, sí, la democracia está pasando ese rato en muchos países sofisticados, de consolidada tradición democrática.

Con la victoria del candidato Emmanuel Macron en las presidenciales francesas ha venido el ascenso irremediable del Frente Nacional. Rozar los once millones de votos con esta opción que repudia Europa, se arma frente a la emigración, la importación de productos vecinales y la mano de obra comunitaria no tranquiliza demasiado. El ascenso de las opciones más extremistas, aquellas que recogen el malestar de la gente y lo transforman a su antojo en una lectura ideológica radical, sume en dudas la continuidad democrática. Pero hay algo más. Macron llega a la presidencia sin partido político, con una candidatura armada desde su persona y al margen, aparente, de los dos grandes partidos tradicionales. El representante de la derecha fue laminado tras unas primarias exitosas, cuando se desvelaron sus arreglos para hacer pasar como asalariados del Estado a su esposa e hijos. El representante de la socialdemocracia, el otro gran partido tradicional, fue descartado de la carrera bien pronto tras un proceso de primarias que le llevó a la cabeza de partido, pero de un partido ya dividido y débil.

El propio Donald Trump viene a ser algo similar, tras derrotar a los candidatos del aparato republicano y alzarse con la victoria en sus primarias. Cada vez más, la evolución de la democracia es demasiado rápida e imprevisible como para permitir a las maquinarias torpes y adocenadas de los partidos hacer una lectura ágil. El empeño de los partidos en regirse por un escalafón de mediocridad, sin enganche ni carisma en puestos de enorme visibilidad, conduce a su reducción y desaparición. Pero el propio sistema parece cuestionado por los ciudadanos. Nadie es tan estúpido como para afirmar en público que una dictadura sería mejor, por eso los dictadores actuales se someten a las elecciones, porque saben que sin ese trámite su credibilidad sería nula. Así que asistimos al desafío democrático por parte de sus propias crías.

Quizá nos cuesta pararnos a pensar sobre la democracia, como quien no se para a estudiar el color de su pared en casa. Estás tan familiarizado con él que has dejado de verlo. Pero la democracia es en sí misma un factor de riesgo, porque concede a los votantes la posibilidad de votar por lo antidemocrático. Está salvaguardada por instituciones independientes en las que confiamos para evitar un vuelco autoritario cuando un tirano alcanza el poder. Pero lo que está sucediendo es que el votante, con ese colchón de tranquilidad, vota por el caos. Ese voto contrario, contestatario, casi de fiero boicot al sistema, nos da la pista para saber que hemos entrado en los años salvajes de la democracia. Es un sistema paternalista que les dice a los votantes: «No pasa nada porque te equivoques al votar, la propia dinámica democrática te va a permitir revocar el error». La sensación es de vértigo, casi de montaña rusa. En la democracia han florecido los infantilismos, la irresponsabilidad, la fe en los falsos amigos y las emociones fuertes, pero no pasa nada porque el sistema lo resiste todo, se vuelve a votar dentro de unos años y todos tan contentos. Es un sistema acogedor como una mamá cariñosa y en ciertos momentos provoca esta tentación de votar por romperlo todo, a ver si resiste como dice. En esas andamos. Con el agravante de que nadie se atreve a decir que en cada error votado se juega el futuro una generación.