El bosque y los árboles y Bambi

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Nadie diría que estamos en New Jersey, a tan sólo hora y media de Manhattan y el caos de la ciudad que nunca duerme. Podríamos estar en Irlanda o Asturias o los Alpes o los Pirineos. Es un lugar que parece salido de un cuadro de Hogarth y hoy, después de la lluvia, aún más todavía: árboles espléndidos cargados de hojas verdes subiendo hacia el cielo, hayas, robles, musgo, ardillas correteando, erizos, ciervos. Un ligero desnivel baja hasta un arroyo, nos llega su vibrante murmullo mientras nos dirigimos hacia él. Nos sentamos en rocas magníficas, tiramos piedras al agua. El aire está lleno del chapoteo de las piedras al caer y de las carreras de los ciervos sobre la hojarasca. Alguien del grupo dice que parecemos extras de una película de Walt Disney. Reímos porque sabemos que es verdad. Tras la risa, callamos y dejamos de tirar piedras, este es un lugar que invita a la contemplación, nadie mira el teléfono, absortos como estamos en el discurrir del agua, en las miradas de los ciervos que nos espían con curiosidad. Se está muy bien aquí. Podríamos quedarnos aquí para siempre.

Cuando llega la hora de regresar, caminamos en silencio, intentando absorber el aire del bosque, fijarlo en nuestros pulmones y en nuestras cabezas.

Al llegar a la casa, uno de los norteamericanos del grupo nos advierte que revisemos con mucho cuidado cada rincón de nuestros cuerpos por si algún tick (‘garrapata’) se nos ha metido en los sobacos, las ingles o el pelo. Que lo hagamos ahora mismo y también mañana por la mañana. Nos miramos sin entender de qué está hablando. ¿Garrapatas? Al parecer los ciervos de todo el estado y de otros estados en Estados Unidos llevan garrapatas portadoras del Lyme disease, una enfermedad autoinmune y debilitante que se está extendiendo a una velocidad alarmante en este país. Nuestro anfitrión dice que no nos preocupemos, que no todas las garrapatas son portadoras, que si las pillamos vivas y no nos han picado no pasa nada en la mayoría de los casos. Nos abalanzamos a googlear la enfermedad, los ticks, cómo pillarlas, qué hacer. Los norteamericanos suelen ser muy alarmistas, quizás es sólo una falsa alarma, nada de lo que preocuparse realmente… Bromeamos sobre Trump, las garrapatas, los virus.

Al volver a la habitación me examino concienzudamente, no encuentro nada. Cenamos al aire libre, luna llena, noodles con langosta preparados por las infatigables cocineras chinas de nuestro generoso anfitrión, el dueño del bosque y del arroyo, que todos envidiamos.

A la mañana siguiente, al despertarme, antes de entrar en la ducha, veo algo extraño en mi pelo, justo encima de la frente. Es una garrapata agarrada a la raíz del pelo. Me doy un susto tremendo, intento sacarla, se resiste. Me arranco varios pelos, pero consigo cogerla, la tiro al desagüe. Está viva y no ha dejado un rastro de sangre. Hago que corra el agua, desaparece, no sé muy bien qué hacer.

Y, de pronto, el cuadro de Hogarth del día anterior adquiere un tono oscuro y pesadillesco. ¿Qué ha pasado para que los ciervos sean portadores de una enfermedad tremenda y debilitante? ¿Qué pasa en el mundo para que una simple garrapata arruine el placer simple y bucólico de un paseo por el bosque? ¿Dónde está Bambi?