Sylvia y la mujer maravilla

MI HERMOSA LAVANDERÍA

En 1961, años antes de su muerte, la escritora Sylvia Plath acudió a un programa de radio con su marido, Ted Hughes, donde se entrevistaba a jóvenes parejas de artistas.

A la pregunta del entrevistador de: «¿Y ustedes dirían que son parecidos o muy diferentes?», ambos contestaron al unísono. Él dijo: «Somos muy parecidos», y ella: «Somos muy diferentes». La grabación se puede escuchar en una de los miles de páginas consagradas a Sylvia Plath que circulan en la Red. Es sorprendente que nadie se ría después de escucharlos a ambos decir cosas tan distintas al mismo tiempo con el aire solemne de la radio de esa época. Sólo unos segundos de silencio, en el que el locutor da paso a una pieza de música clásica de Stravinski. Desde mi adolescencia, como muchas mujeres de todas las generaciones, Sylvia Plath ha supuesto un icono, una leyenda y también una especie de faro de luz negra, como todas las poetisas que se han suicidado: Pizarnik, Anne Sexton (que pensaba que Plath le había robado protagonismo suicidándose antes de que ella lo hiciera). Durante mucho tiempo, fue la infidelidad de Ted Hughes (un poeta inmensamente respetado en el mundo anglosajón y totalmente impenetrable, debo confesar, para mí) la que supuestamente empujó a Plath a meter la cabeza en el horno, pero, después de leer los diarios de la autora y todas las biografías que he podido encontrar, no consigo desprenderme de la sensación de que a Sylvia Plath la mató el ansia de perfección. Ella tenía que ser la autora más perfecta, la perfecta amante, la perfecta esposa, la madre perfecta, la mejor cocinera del mundo, la más hacendosa, la que horneara las tartas de ruibarbo más deliciosas, la que remendara los pantalones con más destreza, la más ingeniosa, la mejor hija: la mujer maravilla, Wonder Woman, la mujer imposible. Cuando el mundo impecable que se había montado en la cabeza empezó a desmoronarse, unido a una tendencia depresiva desde la adolescencia que se le recrudeció en los últimos tiempos, decidió acabar con su vida. O sólo fue una llamada de atención, nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es de esa ansia de perfección a todos los niveles que la corroía y que corroe a muchas mujeres y les amarga la vida. Lo sé porque soy una de ellas y me resulta difícil vivir con la idea de que soy fundamentalmente imperfecta, que no hago ni un diez por cierto de las cosas que me gustaría hacer (y ese diez por cientom ni medio bien), que por mucho que me esfuerce y desgañite y sude esa idea de perfección que en algún momento se me metió en la cabeza como una garrapata nunca será real.

Así que aquí estoy ahora, aprendiendo despacio a amar los fallos, los defectos, las meteduras de pata, los vicios inconfesables, las lágrimas, los poros. Y tratando de evitar, no sin dificultad, que me dé un ataque de hilaridad imparable con la película Wonder Woman, que es una de las cosas más estúpidas que he visto en una pantalla: tan estúpida, vacía y aburrida como las películas de superhéroes, sólo que con un corsé más ajustado.